Los centros de energía y sus dimensiones en el embarazo

Extractos tomados del libro de Viviana Tobi 
"El embarazo transformador", Editorial Paidós

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25 de julio

Al encuentro del otro

La dimensión afectiva

La dimensión afectiva se relaciona con el centro cardíaco o Ananhata. Su tallo se ubica en la columna dorsal alta y se abre en el pecho a la altura del corazón. Abarca también los brazos y las palmas de las manos.
El corazón simboliza la entrega, el amar y ser amado. Las enfermedades cardiovasculares han sido vinculadas con problemas de índole afectiva mucho antes de que se conociera la medicina psicosomática. Al dar la mano —proyección de nuestro pecho—, estamos expresando amistad y confianza. Esa zona corporal también representa voluntad de acción y afirmación de la personalidad, como cuando se nos pide “sacar pecho” para enfrentar una dificultad. Así el amor, la voluntad y la afirmación son los símbolos del centro cardíaco, pero también podemos ver su manifestación en conductas como el rechazo, la competencia o la exclusión del otro. En definitiva, este centro comprende todos los sentimientos que surgen en nuestra vida de relación.
Durante el embarazo, la mujer suele encerrarse en su mundo interno. Por lo tanto, el trabajo correspondiente a la dimensión afectiva consistirá en confrontarse con el mundo externo, revisar cada uno de sus vínculos (la pareja, la familia, los amigos, su entorno laboral) y tratar de ampliar la perspectiva con la que construyó su trama relacional, a fin de enriquecer la comunicación tanto con sus interlocutores habituales como en el nuevo diálogo con el bebé.
Esta etapa de la vida es una gran oportunidad para desarrollar nuestra capacidad de dar, de brindarnos a los demás y, fundamentalmente, de abrirnos al nuevo ser que estamos gestando. Abrir significa soltar, aprender a dar y a recibir, todo lo cual, a la vez, fortalece nuestra autoestima, nuestra confianza y la afirmación de nuestro yo. También nos ayuda a desarrollar la voluntad, la solidaridad y la compasión.


Las conductas respiratorias

Muchas veces, al enfrentar una situación difícil solemos inspirar más profundamente en forma espontánea para darnos impulso. Tomamos aire para reunir coraje al encarar un problema, también porque necesitamos calmarnos si estamos muy ansiosos o angustiados, o para enfrentar el dolor. Quiere decir que los motivos por los cuales alteramos la respiración son muchos y muy diferentes, y que podemos regularla o modificarla automáticamente en función de las circunstancias. Es desde esta perspectiva que planteamos el gesto respiratorio como conducta.
Cuando estamos “vueltas hacia adentro”, como ocurre durante el embarazo, abrir el chakra del corazón puede poner las cosas en perspectiva ya que ayuda a expandir la mirada. Llevar la respiración desde la zona baja a la región del centro cardíaco es beneficioso cuando se trata de poner una distancia saludable con el mundo de las emociones.


El encuentro con el otro

Gracias a que estamos separados y no en fusión, nos es posible encontrarnos con otro. Un hijo es el producto de una relación con otro. Esto es lo que nos ayuda a vivirlo como diferente. Es precisamente en el encuentro erótico y en el deseo de un hijo —tal vez los más íntimos que existan— que esta experiencia se materializa. Allí, en la máxima proximidad, se me revela la distancia que me separa de mi prójimo y es en ese encuentro que reconozco lo diferente. 


¿Es el amamantamiento una elección o un deber?

Desde el punto de vista fisiológico, nuestro cuerpo de mujer está preparado para amamantar. Pero dar de mamar es una experiencia que va mucho más allá de una función biológica, en la medida en que se juega en un escenario corporal —el de nuestros pechos— comprometido con nuestro erotismo y nuestra sexualidad, que involucra la relación con un otro —nuestro hijo—, que afecta nuestro vínculo de pareja, que condiciona nuestras relaciones familiares y sociales y nuestros compromisos laborales. Además es un proceso altamente determinado por condiciones geográficas, socioeconómicas y culturales.
Actualmente, en los medios urbanos, las mujeres no tienen un contacto previo directo con la experiencia de dar de mamar. A diferencia de otras comunidades, en las que las niñas, por crecer en el seno de familias numerosas, iban aprendiendo naturalmente el arte de amamantar, la mujer de hoy no cuenta con ese saber transmitido por sus pares y sus mayores y, la mayoría de las veces, necesita de una orientación y de una información que la ayuden a ir superando las dificultades naturales que suelen presentarse.
Es común considerar que, por tratarse de un proceso natural, no vamos a tener ningún problema. Sin embargo, muchas de nuestras conquistas culturales, las nuevas exigencias que se nos imponen como mujeres y la falta de una adecuada educación y acompañamiento hacen del amamantamiento un proceso complejo. A veces la mujer no puede amamantar y eso le hace sentir culpa. Cree que sólo a ella le pasa y que no tiene “pasta para ser madre”. O si su mamá tampoco pudo, piensa que lo suyo es un “mal hereditario” (lo cual es un error). También puede ocurrir que su pareja se sienta desplazada o invadida por la presencia continua de las mamadas, o que ella trabaje todo el día y no consiga organizarse con recursos como los de colectar su leche y almacenarla en el freezer. O que la cantidad de leche sea insuficiente. Los casos pueden ser muy variados y la culpa no ayuda a mejorar las cosas.
La ayuda de alguien con experiencia se hace muy necesaria. No se trata de que nos den la receta, porque la lactancia es un proceso de dos, muy personalizado, muy vincular, donde lo que funciona bien para una mamá no funciona para otra. Se trata de pistas que nos orienten en algunas situaciones difíciles.
Por otra parte, la aparición en el mercado de leches sustitutas de la materna colocan a la mujer frente a la responsabilidad de decidir por el tipo de alimentación a ofrecer a su cría. Es innegable la superioridad de la leche humana sobre la artificialmente maternizada para el cachorro recién nacido, pero ante la imposibilidad de amamantar, ya sea por motivos emocionales como por cualquier otro tipo de limitaciones, hay que pensar que dar una mamadera con un abrazo afectuoso puede brindarle a nuestro hijo los nutrientes más importantes que necesita para crecer.
Si la mujer cuenta con información adecuada, podrá sentirse libre para elegir dar o no de mamar.
Algunas campañas de organizaciones que defienden la lactancia natural promueven el amamantar, y aunque esta promoción sea bienintencionada, genera en las mujeres mucha presión. Sin embargo, creo en el poder de alentar y acompañar sin obligar, sin imposiciones que cataloguen la decisión de amamantar como “buena” o “mala” . No se puede desconocer la historia familiar, psicosexual, de pareja, laboral o profesional ni el contexto socioeconómico en el cada mujer vive.
En el amamantamiento no sólo se pone en juego la alimentación del hijo, sino también el vínculo amoroso que se crea con la mamá, y ninguna relación amorosa puede ser planteada en términos de obligación. Sin embargo, somos conscientes del riesgo nutricional al que está expuesta gran parte de nuestra población, por lo que nuestro desafío como profesionales es acompañar a todas las mujeres a llevar una lactancia exitosa, que garantice también su salud psicológica al escuchar sus posibilidades emocionales y favorecer las condiciones para que ésta sea posible.

Algunas décadas atrás eran muy comunes las familias numerosas, y el hecho de compartir la vivienda implicaba que siempre hubiera una mujer amamantando. En cambio hoy, fundamentalmente en las grandes ciudades, la experiencia del amamantamiento es más acotada, menos espontánea y no se vive de modo tan natural, lo que muchas veces obliga a la mujer a buscar asesoramiento.




17 de julio

Cuando las emociones se desbaratan

La dimensión emocional


La dimensión emocional se relaciona con el centro medio o Manipura. Este centro está localizado en la zona de la cavidad abdominal, la que en el embarazo es abarcada por el útero en crecimiento. Su tallo se sitúa en la columna dorsal baja, a la altura de la sexta vértebra, y sus pétalos se abren en el epigastrio o boca del estómago, por sobre el ombligo.
Este centro está relacionado con la vida emocional, llamada “maya” por los yoguis, y que en sánscrito significa “ilusión”, lo cual alude a la fatuidad y la inconsistencia de las emociones, que a diferencia de los sentimientos —verdaderas construcciones de la dimensión afectiva—, constituyen una experiencia pasajera. En permanente estado de cambio bajo el influjo de los estímulos externos, las emociones se manifiestan a través de respuestas motoras. Es así como los estímulos son transformados en movimiento y expresión.
A este centro le corresponde el plexo solar, y los órganos que comprende son aquellos del aparato digestivo: el estómago, el duodeno, el intestino y el páncreas, todos vulnerables a las emociones y con gran tendencia a responder a las presiones ambientales con perturbaciones sintomáticas, lo cual constituye muchas de las llamadas enfermedades psicosomáticas. Expresiones coloquiales como: “me pateó el hígado” o “tengo un nudo en el estómago” sin dudas remiten a este tipo de malestares.


Emocionarse de dolor 

Como las demás emociones, la del dolor no existe como sustancia fuera de quien la experimenta. Cuando decimos “me” duele, nos referimos a esa experiencia que vivimos en nuestra subjetividad, que nos sucede de manera única e incomparable a aquella que vivencia el otro. Experiencia que, sin embargo, aprendemos culturalmente a significar a lo largo de nuestras vidas.
El antropólogo británico Desmond Morris plantea en La cultura del dolor: “La experiencia del dolor está conformada por fuerzas culturales, por la potencia del género, la religión y la clase social. Ciertos estados psicológicos y emocionales como la culpa, el miedo la ira, la pena y la depresión lo refuerzan y, a veces, lo crean” (p. ...). No acepta que exista una diferencia entre el dolor físico y el mental, ya que los considera a ambos como pertenecientes a las experiencias básicas humanas que simplemente vivimos como personas.
¿Por qué, entonces, tenemos con el dolor una relación de tanto rechazo, aun sabiendo que muchos de los procesos de crecimiento conllevan cierto grado de él, y que de los momentos dolorosos en general hemos aprendido mucho de lo que somos? ¿Por qué le huimos?
Es la paradoja con la que nos enfrentamos cuando abordamos este tema. Probablemente, agrega Morris, sea su carácter misterioso el que lo torne temible al perturbar un mundo al que dábamos por cierto. Quizá por ello, como humanos, necesitemos interpretarlo, darle un significado personal, y eso nos diferenciaría, según este autor, de los demás animales.
No es casual que el miedo al dolor sea uno de los primeros que las mujeres confiesan experimentar frente al parto, y también el eje sobre el que se construyeron las clásicas propuestas de preparación al parto, como las del “parto sin temor” de G. D. Read o el “parto sin dolor” de F. Lamaze.
Pero el dolor no es una experiencia que alguien tenga derecho a quitarnos, es nuestra, única y subjetiva, y tendremos que aprender a descifrarla, ya que es parte de nuestra existencia.
Para el pedagogo austríaco Ivan Illich, cada cultura tiene su modo de afrontar el dolor, pero “la civilización médica intenta privar el dolor de su significado personal”. Coincidimos cuando dice que es una experiencia solitaria, intransferible. El dolor abre una pregunta, “es el signo de algo no contestado”. Su valor consiste en poner en marcha nuestras habilidades para enfrentarlo. Al intentar aplacarlo, “la medicalización priva a cualquier cultura de la integración de su programa para enfrentar el dolor”. Para Illich, entonces, es la cultura quien hace tolerable el dolor al integrarlo en un sistema significativo. Diferencia el rol que juega en cambio la civilización cosmopolita, que “aparta el dolor de todo contexto subjetivo o intersubjetivo con el fin de aniquilarlo”.
A partir de las ideas que han pensado estos autores, me pregunto por aquellas que podrían ayudarnos a comprender el papel que el dolor desempeña en el tema que nos ocupa especialmente, el del parto.
Lo imagino como un provocador que viene a despertarnos de nuestro letargo vital. Que nos inquieta, nos desestabiliza y nos conmina a construir recursos para enfrentarlo.
Como en toda experiencia de pasaje a un nivel de mayor crecimiento, desafía nuestra capacidad de crear herramientas con las que aún no contábamos
Nos observa, sigiloso, cómo nos esforzamos primero por evitarlo, luego por elevar nuestro umbral para no percibirlo tan intensamente y, finalmente, por reconocer con humildad nuestra limitada capacidad para someterlo.
Una cultura como la nuestra, tal como plantea Illich, no sólo niega su existencia, sino que también nos provee de modelos que nos guíen mientras lo transitamos. Así, sin prepararnos para ir a su encuentro, nos sorprende súbitamente en algún acontecimiento de nuestra vida en el momento mismo en que estábamos por dar un nuevo paso. Pero no, no aceptamos caernos y, en lugar de aprender a hacerlo para que la caída no nos quiebre y poder así levantarnos y seguir con nuestro vuelo, nos resistimos a atravesarlo y ensayamos toda suerte de estrategias para esquivarlo y, si es posible, aniquilarlo.
Nos vemos de golpe en medio del dolor, extrañados por su presencia, y además nos sentimos estafados en nuestra buena de fe, por haber creído en un mundo de puros placeres.
No quiere decir esto que nuestro destino sea vivir revolcándonos gozosos en el dolor, procurando atravesar masoquísticamente la mayor cantidad de situaciones sufrientes. El dolor del que hablamos es aquel que acompaña a todo proceso de cambio, ese que se hace inevitable, al que no podemos renunciar si queremos seguir creciendo. Y cuando pretendemos silenciarlo, usamos las energías que necesitamos para poder disfrutar de los placeres e intensidades.
El dolor de la vida es el que nos puede enseñar. El que nos transforma al hacernos desarrollar las habilidades necesarias para acompañarlo.
El dolor del parto puede convertirse en una oportunidad para que se abra en nuestro cuerpo la pregunta que nos interpela. Para estimularnos a desarrollar conductas, ideas, emociones y actitudes con las que probablemente no contábamos hasta el momento. Respetémoslo, no lo descartemos de entrada. Démosle la oportunidad de mostrarnos el camino. Aunque no es imprescindible para que nazca nuestro hijo, puede serlo para que nazcamos nosotras a una nueva vida.


Si comprendemos que el dolor es parte de nuestro mundo emocional, reconoceremos que, al suprimirlo, estaremos también inhibiendo el flujo de otras emociones y terminaremos privándonos de aquellas que consideramos placenteras.


El dolor en el parto, de un extremo al otro 


Yo podría soportar el dolor hasta un determinado punto, pero creo que no voy a ser hábil para pujar; necesitaría una anestesia para poder colaborar más en el trabajo de parto, para poder disfrutarlo más.”

“Querría que me dieran anestesia, sin tener experiencia y sin saber si lo voy a soportar o no; me da la tranquilidad de que voy a disfrutar más del momento.”

“Nunca tuve situaciones de dolor muy grande, pero no sé por qué mi intuición me dice que voy a terminar con una peridural.”

Hay mujeres que no consideran importante vivir la experiencia del momento del nacimiento de una manera consciente y activa. En sus fantasías no aparece en ningún momento la expectativa de que el parto les devele algo nuevo de sí mismas, o que el misterioso dolor les deje a su paso algún aprendizaje. Menos aún algo que puedan llegar a disfrutar. Para muchas, el parto es un trance que hay que superar y no algo para gozar, lo ven como intrascendente en la vida y en la historia sexual de una pareja.
La experiencia de parir ha quedado polarizada: en un extremo, la desesperación por el dolor y la soledad, el martirio, vivido tal vez como el castigo por el placer obtenido sexualmente en el momento de concebir; y en el otro extremo, el silenciamiento y la anestesia de todas las emociones y sensaciones de plenitud que puedan surgir en ese momento. No hay una experiencia intermedia que permita a la mujer integrar el dolor y, al mismo tiempo, expresar la satisfacción que genera el ser protagonista de las sensaciones por las que el cuerpo atraviesa, hora a hora, minuto a minuto, en el proceso de parto, al separarse de su hijo.
Cuando se pusieron de moda el “parto sin dolor” y el “parto sin temor”, se publicaban imágenes en las que se veía a mujeres sonriendo en su trabajo de parto y que daban cuenta de la contradicción entre el discurso bíblico “parirás con dolor como un castigo” y el nuevo mandato de no expresar el dolor.

Pero el dolor durante el parto, en lugar de anunciar una enfermedad, significa que nuestro hijo está naciendo. Esta connotación cambia su percepción en forma radical: es un dolor saludable, que indica que el bebé está atravesando exitosamente el canal de parto. Es un dolor que, aunque podamos vivirlo de diferentes maneras, se siente pero no se sufre.

Lo que ocurre es que nuestras creencias determinan nuestras conductas, y hoy el discurso tecnológico del parto se ha convertido casi en un mandato a seguir.
Por otra parte, la falta de conocimiento y/o de referencias sobre las posibilidades de partos fisiológicos vuelven muy difícil, para determinada población, imaginar esta experiencia sin la administración de químicos que le supriman cualquier tipo de sensación.
En la vida hay dolores que, por lo que representan, se tornan disfrutables y producen cierto nexo con el placer. Cuando hacemos un trabajo corporal, por ejemplo un estiramiento, percibimos que el músculo se está elongando y por eso duele, pero al mismo tiempo sentimos placer: sabemos que está produciéndose una transformación en el cuerpo y lo disfrutamos, porque sentimos que es un dolor positivo.
Si pudiéramos internarnos en este tipo de experiencias, identificaríamos diferentes tipos de dolor ante los que reaccionaríamos de distinta manera. Algunos pueden actuar como señales de alarma para que efectuemos un cambio, como ocurre cuando cambiamos de posición por otra mas cómoda al dormir; otros pueden actuar como desafíos a nuestra capacidad de tolerarlo, como ciertos esfuerzos físicos, progresivamente más difíciles de alcanzar; otros nos proponen explorarlos en su expresión más sutil para aprender a manejarlos, y están esos dolores que, por familiares o revisitados, van elevando nuestro umbral para percibirlos y nos permiten intensificar cada vez más nuestra exposición a su acción.
Cuando el dolor es constante durante mucho tiempo, nuestras defensas van bajando y no podemos resistirlo. Por eso, lo ideal sería que pudiéramos estar atentas y observar qué tipo de dolor sentimos, cuál es nuestro estado emocional al vivirlo, en qué contexto éste se produce, de qué momento de nuestra vida se trata y, sobre todo, qué interpretación le damos. Cuán esperable es dentro del ámbito en el que nos movemos. Es que el dolor es algo que tiene mucho que ver con lo cultural.
En cuanto a aquel de parto, también se halla sujeto a estas condiciones. Resulta siempre subjetivo, no medible en volumen ni en peso, y su percepción varía según la mujer y su experiencia. Habrá algunas mujeres que dicen no haber sentido dolor, pero no es lo que aparece como relato, dentro de nuestra cultura, con mayor frecuencia.

“Cada parto fue distinto. En el primero, no tenía contracciones muy marcadas. Sí picos de dolor, pero no tenía los descansos. Fueron muchas las horas de dolor permanente, constante, y yo necesitaba que se terminara. En cambio en el último, el dolor fue muy rítmico, venía y yo sabía que un ratito después iba a tener un respiro. Era cuestión de atravesar ese momento.”

“Las contracciones que más dolieron fueron las últimas. Sentía que había una presión hacia abajo, después pasaron unos quince minutos y fue aflojando... Traté de relajarme y respirar; pensaba en la beba, en que ella pudiera ir haciendo su camino.”

“Una puede atravesar naturalmente la contracción aunque sienta mucho dolor. Yo voy a hacer todo lo que pueda.”

“Me encantaría hacer todo el parto sin ninguna anestesia, y voy a ir con la mejor intención. Pero si veo que el dolor interfiere con la posibilidad de pujar o con tener un parto mejor, o que retarda el nacimiento del bebé, entonces quiero usarla.”

Es fundamental el entorno con el que se cuenta mientras se siente el dolor. No es lo mismo estar con alguien que nos esté acompañando hacia un parto natural, que nos dé aliento y nos proporcione recursos corporales, respiratorios, imaginativos, cognitivos y de todo tipo, que estar frente a alguien que diga: “Cuando necesites anestesia, avisáme, que igual ya está el anestesista”. Esto nos dejará más pendientes de la forma de suprimir el dolor, y menos de cómo generar recursos propios. Y es que pondremos tanta expectativa en la llegada del médico o el anestesista, que nos perderemos de vista a nosotras mismas y olvidaremos que contamos con esos recursos. O peor aún, cuando al conversar con el médico sobre nuestra preferencia de que no nos administren la peridural, éste nos responde: “Ya vas a ver cómo me la vas a pedir”.
Lamentablemente, hoy no hay muchos equipos que acompañen fisiológicamente el parto. Algunos años atrás, la mayoría de las mujeres pasábamos por la experiencia del parto sin usar anestesia. Es probable que lo hayamos hecho porque no había a nuestro alrededor tanta presión para hacer uso de ella como ocurre actualmente. Muchas veces, tengo la oportunidad de hablar con los médicos obstetras sobre los motivos para un índice tan alto en el uso de la periduaral y la respuesta es que se encuentran con pocas mujeres que se inclinen por el parto fisiológico.
Algunas personas ponen el cuerpo de un modo y otras de otro modo. Pero lo cierto es que si no queremos recurrir a una anestesia, tenemos que estar dispuestas a atravesar una cuota de dolor quizá más alta. Algunas aceptan transitarlo y lo hacen con una actitud activa: respirando, emitiendo sonidos, cambiando de posiciones, porque es muy difícil sostenerlo sin hacer nada.
Lo importante es hacer una buena preparación que incluya el conocimiento del propio cuerpo, así como reflexionar, participar de conversaciones sobre el tema y ver imágenes de distintos tipos partos, ya que de ese modo lograremos transformar el miedo a lo desconocido en un temor más manejable. Tal vez no podamos suprimir el dolor, pero construiremos con él una relación diferente. Proponemos no pelearnos con el dolor, sino aceptarlo como parte de la situación, como una experiencia que tenemos derecho a vivir, y enfrentarlo de acuerdo con nuestras posibilidades. Algunas mujeres necesitarán analgésicos, otras anestésicos y otras nada de eso. Y si alguien dice: “Yo quiero sí o sí tenerlo con peridural”, tiene que poder hacerlo sin sentirse culpable por eso.
La idea es no ser pasivas frente al dolor, sentir que está, pero que podremos manejarnos, comunicarnos y relacionarnos con él. Es decir, modificar sustancialmente nuestro vínculo con el dolor.
Hay que saber que la contracción no es eterna, sino que como máximo dura un minuto y luego viene un período de recuperación para poder enfrentar la siguiente. Podemos y tenemos todo el derecho de decir “no estoy dispuesta a hacer ese trabajo, no quiero, es un trabajo que me demanda una energía que hoy no tengo posibilidades de poner en este dolor”, pero en este caso perderemos de vista que ese dolor podría enriquecernos como personas y trasformarnos. Y de eso se trata, de ver qué ventaja podemos sacar de él como experiencia de vida, en la medida en que no nos inhabilite para pujar o para ser eficientes en nuestro trabajo.
Es importante saber si la necesidad de la anestesia que a veces las mujeres expresan es verdaderamente una necesidad propia, o es, quizá, producto del manejo que se hace sobre el tema dentro del sistema actual de atención médica del parto.
La hipertecnologización de la obstetricia desconoce que pretender suprimir el dolor acarrea el riesgo de suprimir también el placer, y todas las emociones que acompañan ese proceso.
Los siguientes son algunos de los riesgos y recomendaciones a tener en cuenta a la hora de decidir por una anestesia peridural. Si bien su administración, hoy en día, ocasiona muy pocos peligros para la mamá y para el bebé, éstos no deben minimizarse:

Riesgos
¨      El más frecuente es la hipotensión. Para evitarlo, sería conveniente no acostarse sobre la espalda.
¨      También puede producir incontinencia urinaria. Se recomienda practicar los ejercicios Kegel, descriptos en el capítulo 2, antes y después del parto.
¨      También suele provocar temblores y picazón en la cara o el cuello, y más frecuentemente náuseas y hasta vómitos.
¨      A algunas mujeres les provoca dolor de espalda en el posparto como consecuencia de haberse mantenido acostadas durante muchas horas.
¨      Aunque el porcentaje de riesgos para el bebé es bajo, su administración puede afectar levemente los latidos así como debilitar su reflejo de succión en los primeros momentos inmediatamente después del parto.

Recomendaciones
¨      En caso de necesitar utilizarla, sería conveniente esperar hasta los 5 cm de dilatación, ya que por debajo de esa cifra se incrementa la probabilidad de terminar en cesárea.
¨      Evitar la posición acostada.
¨      Comenzar a pujar sólo cuando la cabeza del bebé ya esté asomando.
¨      Tratar de mantenerse concentrada en la experiencia del nacimiento a pesar de no sentir dolor.

¨      Solicitar en lo posible una dosis mínima.



10 de julio

Mitos en torno a la sexualidad de la mujer embarazada

Para las mujeres que habitualmente disfrutan de su cuerpo y que están más en contacto con sus sensaciones, el embarazo brinda una oportunidad de gozar su sexualidad ya que despierta aun más sus capacidades sensibles.
Pero tomando la sexualidad en un sentido relacional, hay parejas muy inhibidas durante esta etapa: hombres que no se sienten atraídos por sus mujeres en este estado o que están muy poco motivados sexualmente, y también mujeres que frente a un hombre algo intimidado se tornan más deseosas y con mayor iniciativa, lo cual da lugar a un juego de roles complementarios. Hasta ocurre que algunos varones presentan episodios de impotencia y de disfunciones erectivas durante el embarazo de su compañera porque sienten la potencia y el poder de ella en disparidad con los propios, y recién consiguen recuperar su capacidad eréctil en el posparto, cuando ellas se encuentran agobiadas por el trabajo de atender al bebé y con ojeras debido a la falta de sueño.
Hay preguntas que muchas veces ni el médico obstetra se ha atrevido a enfrentar abiertamente. Por ejemplo, si se lo consulta por la restricción o no de las relaciones sexuales, en caso de que sean contraindicadas nunca se puntualiza cuál de las prácticas sexuales es específicamente alcanzada por dicha restricción. De ahí que muchas veces las parejas terminan renunciando incluso hasta al contacto.
El afán puesto en un buen desarrollo del trabajo de parto y en la atención del recién nacido hace desviar la mirada de la relación de la futura madre con el futuro padre, y del fortalecimiento del vínculo de la pareja como el mejor sostenedor en la construcción de la nueva familia. Como si una vez cumplido su cometido como reproductora y mantenedora de la especie, la sexualidad debiera replegarse hasta encontrar nuevamente una vía de expresión aceptada y privilegiada a través de otra concepción.

El hecho de que no se la prestigie como debiera tal vez obedezca a que su ejercicio durante el embarazo pone en evidencia su independencia de lo reproductivo y deja al descubierto su importancia para el intercambio del placer entre un hombre y una mujer. Cuesta entonces comprender al embarazo como la mayor manifestación de la sexualidad de una pareja, y a ésta compartiendo el ámbito de lo materno.

Aparecen los mitos de la mujer embarazada semivirgen, asexuada, convalidados hasta hace muy poco por una moda de ropa casi infantil, inocente, que en lugar de resaltar las nuevas ondulaciones se empeñaba en ocultarlas tras un mono. Ni siquiera se veían fotos en revistas o películas que ayudaran a construir una imagen de mujer sexual como las que podían verse en cualquier escena erótica. Y si alguien se atrevía a encontrarla atractiva, desnudando fantasías debajo de júmperes grandes como carpas y de retratos de románticas imágenes sobre una mecedora, se lo consideraba un perverso sexual. Para las embarazadas sólo quedaba la ternura, el afecto, los antojos, los dulces, los mimos, las concesiones, los privilegios. Como me dijo una vez una embarazada: “¿Y con la calentura qué?”.
Si revisamos algo de la fisiología durante la gestación, nos encontramos con una excitación aumentada por la vasodilatación de la pelvis, un incremento de la lubricación vaginal a partir del tercer mes, un mayor desarrollo de la llamada plataforma orgásmica debida a una mayor vascularización de la zona, la aparición de orgasmos múltiples aun cuando antes no se hubieran manifestado, y hasta una carga sexual constante, que mantiene vivo el deseo todavía después de la etapa de resolución del orgasmo, ya que la descarga es más lenta y no alivia tan eficazmente la tensión.
Si todo esto está sucediendo en el cuerpo de la mujer, ¿por qué será que muchas no sienten deseo, o lo ven disminuido, especialmente en el primer y tercer trimestres?
Estamos nuevamente frente a un fenómeno en el que todos los factores intervienen simultáneamente, ya que además de las condiciones arriba mencionadas existen circunstancias que inhiben el deseo, como los típicos síntomas de los primeros meses: aumento del sueño, fatiga, sensación de náuseas, adaptación al nuevo esquema corporal con las emociones que esto despierta, el no encontrar la posición adecuada para hacer el amor, la necesidad de replegarse sobre sí misma, y los cambios humorales causados por la impregnación hormonal.
Por otro lado, a la mujer le cuesta conciliar su nueva imagen de madre con la de una mujer deseante. En su fantasía infantil, las madres no tienen, actividad sexual.

También el hombre vive momentos de cambio. Se enfrenta con su paternidad, con sus miedos; se siente a veces excluido de esa relación corporal tan estrecha entre su hijo y su mujer y no sabe cómo incluirse. Teme que la penetración del pene en la vagina pueda dañar al bebé o desencadenar en su mujer el trabajo de parto; se asusta de sus propias sensaciones si descubre el erotismo en la maternidad de ella. Se pregunta si no afectará su sexualidad presenciar el parto de su mujer durante el nacimiento de su hijo. Se encuentra frente a un cuerpo distinto, al que desea, pero a la vez al que teme recorrer, probablemente porque, con su carácter maternal, le despierte fantasías edípicas que lo angustian.

Hombre y mujer atraviesan una crisis que, entendida como riesgo y oportunidad al mismo tiempo, los enfrenta con la posibilidad de enriquecer la sexualidad que tenían hasta entonces. Es el momento de ampliar las posibilidades de contacto, de recuperar zonas de pacer olvidadas, o tal vez desconocidas, de probar nuevas vías de gratificación (con la boca, con las manos o en otras posiciones). El ya innecesario cuidado anticonceptivo también es un factor que predispone a un encuentro sexual más espontáneo.
Las dificultades y hasta las posibles contraindicaciones médicas para un coito con penetración pene-vagina pueden transformarse en un verdadero desafío para la creatividad de los dos. También lo es encontrar posiciones coitales en las que se pueda regular la profundidad de la penetración.
Descontraer la pelvis y ondular las caderas está facilitado ahora por la relaxina (hormona que flexibiliza las articulaciones atendiendo las necesidades del parto) y es una buena oportunidad para desplegar en el juego sexual.
El aumento en el tamaño de los pechos es para muchas parejas fuente de excitación, aun cuando en el momento del orgasmo puede observarse una pérdida involuntaria del control de leche, una evidencia más de lo enlazados que están los procesos de ser mujer-madre y mujer-sexual. En muy poco tiempo el hijo de ambos adquirirá otra presencia y traerá sus demandas, exigirá un tiempo que antes sólo les pertenecía a los dos; el espacio se inundará de nuevos olores, nuevos sonidos, tal vez de algunas renuncias, o simplemente postergaciones. Pero más allá de cuarentenas y sueños mal dormidos, papá y mamá, hombre y mujer, defenderán ese espacio que aprendieron a conquistar durante los nueve meses de embarazo, y lo preservarán, seguros de transmitir a la prole, con la unión de sus cuerpos, el deseo y el amor por la intimidad.


El orgasmo durante el embarazo 

Estadísticamente, no todas las mujeres han experimentado un orgasmo, pero no es que no puedan sentirlo. Quizás no lo hayan alcanzado, pero estén cerca, y podrían alcanzarlo en la medida en que empezaran a sentirse, a percibir y a conocer más el funcionamiento de sus cuerpos.
El orgasmo femenino es una respuesta refleja a un estímulo que puede tener distintos orígenes, tanto psicológicos, fisiológicos, como específicamente mecánicos. Para que una mujer experimente un orgasmo, más allá de contar con condiciones emocionales favorables, en general hace falta una estimulación directa o indirecta en su clítoris, órgano que por lo general le es poco conocido y del que no se habla demasiado. No hay obstetra o ginecólogo que revise el clítoris, nadie se ocupa de él pues no tiene una función reproductiva, sino sólo una función para el placer. Ni siquiera entra en la educación sexual cuando les contamos a nuestros hijos acerca de cómo son los aparatos genitales femenino y masculino.
Es justamente por ese desconocimiento que muchas mujeres plantean dificultades para alcanzar un orgasmo y relatan haberlo tenido por primera vez durante el embarazo. Es que, al tener más sensaciones, muchas incrementan su curiosidad y descubren así sus genitales, los tocan, se autoestimulan y de este modo llegan a un orgasmo.
Otro motivo es que al haber reducido la cantidad de relaciones sexuales con penetración por temor de lastimar al bebé, de alguna manera ha habido más juego y estimulación directa clitoridiana. Además esta exploración les ha permitido descubrir y ajustar los tiempos con la pareja, así como los ritmos, la regularidad del estímulo y los tipos de toque que predisponen a un orgasmo. A esto se le suma que en este período existe una mayor predisposición para la plataforma orgásmica (es decir, las condiciones fisiológicas necesarias para que éste ocurra).
Sería interesante que la mujer pudiera aprovechar este momento para explorar otros modos de vincularse sexualmente, con más caricias, más estimulación, o quizás no más, pero sí diferente de aquella que tenían regularmente.




7 de julio

La alimentación en el embarazo 

Construyendo el cuerpo de nuestro bebé

Si tomamos en cuenta que construimos materialmente nuestro cuerpo con lo que comemos, el embarazo es una excelente oportunidad de revisar nuestros hábitos alimentarios, ya que de ellos dependerá nuestra salud y la de nuestro bebé.
Según la médica nutricionista argentina Graciela Bianco,* autora del libro Nutrición a conciencia, “para esta tarea de construir el bebé, la mamá necesita formar nuevas estructuras como lo son la placenta y el líquido amniótico. Además, debe ampliar órganos como el útero y las mamas y aumentar la cantidad de sangre y hormonas circulantes. Todo esto hace que la ganancia de peso al fin del embarazo se distribuya de la siguiente manera:

Nuevas estructuras

Feto.......................................3,500 kg
Placenta.................................0,600 kg
Líquido amniótico...............0,800 kg

Estructuras incrementadas

Útero......................................0,900 kg
Mamas....................................0,400 kg
Líquidos de retención
Por hormona.........................1,500 kg
Sangre.....................................1,200 kg
Total........................................10 kg**

La distribución de la ganancia de peso en el tiempo es aproximadamente de 2 kg en el primer trimestre, en el cual se forma la placenta. En el segundo trimestre el bebé es el que más crece, produciendo una ganancia de 5 kg de peso. Y en el último trimestre se suman 3 kg para completar el desarrollo del bebé y del líquido amniótico que lo protege y le permite moverse”.
Susana Zurschmitten, nutricionista argentina, autora del libro Sanarnos mediante la alimentación, dice: “La nutrición es la medicina preventiva por excelencia.... Es el pilar fundamental donde se apoya la salud y la posibilidad de crecer sanamente para desarrollar a pleno las funciones físicas, mentales y espirituales”.
Pero lamentablemente, en el embarazo la preocupación por lo general ha estado orientada a medir la cantidad más que la calidad de aquello que ingerimos. De hecho, hasta no mucho tiempo atrás se alentaba a la embarazada a “alimentarse por dos”, y hoy la mayoría de mujeres, ya sea motivadas por la tendencia de una moda de la delgadez o por presión de su médico, siguen muy de cerca su aumento de peso con dietas que las ayuden controlar la cantidad de las calorías que consumen, pero descuidando muchas veces su valor nutricional.
Pero más allá de lograr manejar el tema del sobrepeso, de fundamental importancia —sobre todo para quienes cuentan con antecedentes de obesidad u otros desórdenes metabólicos—, sería importante que este período sirviera para incorporar hábitos de alimentación más saludables. Tengamos en cuenta que no sólo se están creando las bases de la alimentación del hijo por nacer, sino las de todo el grupo familiar.
Por eso, revisar nuestro sistema de comidas dentro del de nuestras vidas es una responsabilidad para ambos miembros de la pareja gestante.
En ese sentido, es conveniente dedicarles algún tiempo al planeamiento, la elaboración y la degustación de nuestras comidas. Seleccionar los alimentos que pondremos en nuestro carrito del supermercado puede ser el primer paso para contar con los nutrientes que necesitamos. Aprender a combinarlos por sus propiedades para su mejor aprovechamiento, así como por sus colores y sus texturas resulta tan importante como crear un ambiente confortable, apacible y atractivo para comerlos.
Hay que considerar que todos los sentidos están involucradas en la experiencia; por lo tanto, comer despacio es la mejor manera de disfrutar no sólo el sabor de cada bocado, sino su aroma, su textura y su color. Seamos conscientes además de que de este modo estaremos satisfaciendo y nutriendo también a nuestro hijo.
Incluimos a continuación la información que brinda la licenciada Zurscmitten sobre “alimentación saludable” en los talleres para embarazadas, como parte de nuestro programa para parejas gestantes.

 * +Quiero rendirle aquí mi homenaje ya que a ella le debo aprendizajes muy valiosos que me ayudaron a incorporar a mi vida hábitos de alimentación más saludables.
** La diferencia para llegar a los 10 kg obedecería a causas variadas, entre las más comunes la retención de líquidos. [N. de la A.]



La alimentación en el embarazo

Susana Zurschmitten

La alimentación en el embarazo cumple una función fundamental en la salud de la mujer y de su niño antes de nacer. Así como una dieta equilibrada contribuye al sano crecimiento del bebé, también ayuda a la futura mamá a mantener un buen nivel de energía tanto en el embarazo y en el parto, como en el período posnatal.
Es muy importante que en esta etapa la madre cubra los requerimientos nutricionales propios y de su hijo, ya que los cuidados adecuados pueden evitar o disminuir el riesgo de parto prematuro o de bajo beso. En el caso de las adolescentes, estas medidas deberán ser aun más respetadas para lograr los dos objetivos: un niño bien nutrido y una mamá que pueda seguir su desarrollo fisiológico normal hasta la madurez.

¨      El peso
Es necesario mantener un peso equilibrado. Si se ha partido de un peso superior al ideal no será ahora el momento de hacer dietas muy estrictas, que resten nutrientes necesarios, tanto a la madre como al niño. Si éste es el caso, se deberá continuar el embarazo con una dieta equilibrada, y principalmente completa, para lo cual habrá que evitar los alimentos calóricos y con pocos nutrientes. El aumento de peso nunca deberá ser inferior a 6 kg durante el embarazo. Si se partió de un peso normal, la regla práctica de 1 kg por mes es un buen parámetro.

¨      Los nutrientes necesarios
El organismo de la madre necesitará una cantidad mayor de proteínas, presentes en las carnes, los huevos, los lácteos, las legumbres, entre ellas la soja. La soja aporta proteínas completas con la ventaja de su naturaleza vegetal, por lo cual no contiene grasas saturadas ni colesterol. Sin embargo, no es muy aconsejable exagerar su consumo. Una o dos veces por semana sería lo adecuado, especialmente en el caso de las mamás vegetarianas.
El bebé se alimenta de glucosa, la que pasa a través de la placenta, por lo tanto es fundamental que la mamá incorpore alrededor de 170 grs de hidratos de carbono diariamente a fin de evitar la aparición de un estado llamado cetosis, proceso por el cual las grasas se transforman en glucosa cuando hay carencia de ella, lo que puede dañar el sistema neurológico del bebé. Esta cantidad de hidratos se cubre con el pan del desayuno y de la merienda, las frutas, sus jugos, las verduras y los cereales.
Es beneficioso tener en cuenta la selección de hidratos de carbono: aquellos integrales (como el arroz integral, los cereales de desayuno, el pan integral) aportan, además del almidón, minerales y vitaminas; entre las vitaminas, las B1, 2, 3, 5, y entre los minerales fósforo, hierro, potasio, en especial, además de selenio, manganeso, cobre y zinc, entre otros.
Se pueden evitar los azúcares blancos y consumir en su lugar azúcar integral, que aporta minerales y fibra.

En este período de crecimiento, el bebé utiliza las grasas en sangre de la madre, que pasan a través de la placenta. Por esta razón es importante la calidad de esas grasas, que deben ser vegetales (aceites de primera presión en frío, algunas frutas secas como ser almendras, nueces, avellanas, y también semillas, por ejemplo de girasol o de sésamo). Respecto de las grasas animales, la mejor de ellas la constituye el pescado de mar, que aportará ácidos grasos Omega 3, esenciales para el desarrollo neurológico del bebé. Algunas investigaciones recientes confirman el beneficio de estos ácidos grasos durante el embarazo. Por un lado, constituyen un elemento fundamental en el desarrollo del sistema nervioso, y por otro disminuyen el riesgo de padecer algunos tipos de cáncer en el transcurso de la vida del niño. Por lo tanto, es sumamente beneficioso el consumo de pescado de mar durante el período de gestación.


¨      Los minerales
El hierro es otro nutriente que debe cuidarse. La anemia es frecuente en el embarazo; si bien hay una tendencia a la disminución en la concentración de glóbulos rojos por aumento del plasma. Es necesario diferenciar esta situación normal de la verdadera anemia, dada por la baja cantidad de hemoglobina.
La absorción del hierro aumenta durante el embarazo al igual que la utilización del depósito materno de hierro. En la segunda mitad del embarazo la necesidad se incrementa porque se deben completar las reservas fetales para los primeros meses de vida, ya que la leche materna no aporta mucho hierro. Por lo tanto, se deberá aumentar el consumo de hierro, de ahí que lo más usual sea que el médico o la nutricionista aconsejen un suplemento de este nutriente. De todas maneras, es sumamente útil enriquecer la dieta con carnes, lentejas, porotos, frutas secas y verduras como berro, radicheta, espinaca, escarola, nabo, repollo, akusai y frutas desecadas. El incremento de vitamina C a través de cítricos y verduras crudas mejorará la absorción del hierro de fuente vegetal.

El consumo de calcio también debe aumentarse. Si la madre ingiere lácteos deberá incrementar la cantidad de acuerdo con el consejo del profesional tratante; pero si no los tolera, deberá consultar para poder asegurar un buen aporte diario, necesario tanto para preservar su salud como para el normal desarrollo del sistema esquelético del bebé.

El yodo es muy importante para el desarrollo mental del niño. En nuestro país, la sal común de mesa contiene yodo por una disposición explícita del Ministerio de Salud Pública, por lo que resulta conveniente consumir este tipo de sal. En caso de usar sal marina, se recomienda observar que en el rótulo se especifique que se trata de sal rica en yodo.

El zinc también debe tenerse en cuenta y garantizar un buen aporte de este mineral a través de alimentos fuente, como son la avena, los alimentos de mar, las carnes, los hongos y las semillas de calabaza o zapallo.

El magnesio, que se encuentra en las legumbres y la soja, las almendras, las avellanas, los copos de avena y las verduras verdes, es otro de los minerales que no deben faltar en la dieta de la embarazada.


¨      ¿Y las vitaminas?
El requerimiento de vitamina A también se ve incrementado en esta etapa. Recordemos que esta vitamina se encuentra en dos formas: como vitamina A en alimentos de origen animal (lácteos) y como provitamina en los de origen vegetal, y que es posible identificarla en aquellas verduras y frutas de color amarillo, naranja y verde oscuro (zanahoria, calabaza, acelga, espinaca, remolachas, duraznos, damascos y melón, entre otras). Las fuentes vegetales son mejor toleradas y no reportan riesgos en caso de excesos. El incremento de frutas y verduras ricas en Beta Carotenos disminuirá el riesgo de estrías y asegurará una piel elástica, flexible y humectada.

Es habitual la carencia de vitamina B1; por eso, para mejorar su ingesta deben consumirse cereales integrales, que además, aseguran el aporte de vitamina B2 (levadura de cerveza, arroz integral, pan y galletitas integrales, harina integral, avena).

Es útil aumentar el aporte de la vitamina B6, cuyo requerimiento se encuentra incrementado. Los cereales integrales, el germen de trigo y la levadura de cerveza son ricos en vitaminas B. Cuando hay nauseas y vómitos, la vitamina B6 puede colaborar en la reducción de estos síntomas. Se puede enriquecer la dieta diaria con germen de trigo, que aporta vitaminas B y E, un excelente antioxidante. Además, esta última mejora la elasticidad y lubricación de la piel.

Una especial recomendación es asegurar el aporte de ácido fólico, por un lado, para evitar la anemia de la madre, y por el otro para garantizar el normal desarrollo del niño. Esta indicación es especialmente válida para las mujeres que están planificando su maternidad, ya que el feto necesita del ácido fólico en sus primeras tres a cuatro semanas de vida primordialmente. De todas maneras, en la actualidad se enriquece la dieta con 400 mcg de ácido fólico durante todo el embarazo para evitar la deficiencia materna, ya que lo necesita para la síntesis de glóbulos rojos, el crecimiento del feto y la síntesis de ADN. En el caso de que la mujer haya tomado anticonceptivos recientemente debe asegurarse un aporte extra de ácido fólico, ya que éstos medicamentos dificultan su absorción y aumentan su degradación a nivel hepático.

La vitamina B12 es fundamental para el desarrollo neurológico y el crecimiento del bebé, y su requerimiento se cubre en el niño exclusivamente por la dieta de la madre. Por lo tanto, es muy importante asegurar su aporte en la alimentación materna durante el embarazo y la lactancia.
En general, si la mamá come carnes, ya sean rojas o blancas, huevos y lácteos, no corre riesgos de carencia. En cambio, las mamás vegetarianas pueden estar, sin saberlo, bajo el riesgo de no poder cumplir con los requerimientos de su hijo. Aquellas mujeres que incluyan lácteos y huevos deberán asegurar una dosis diaria de estos alimentos. Y aquellas mamás que no consuman ni lácteos ni huevos, por ser vegetarianas vegan, deben asegurar el aporte de esta importante vitamina a través de cereales enriquecidos, leches de soja enriquecidas y un suplemento que aporte la vitamina en su forma activa.

La vitamina D es otro nutriente que debe incrementarse para asegurar la absorción y el metabolismo del calcio; encontramos esta vitamina en los pescados, la palta, y fundamentalmente a través del sol, que permite su síntesis endógena.

Las fibras son esenciales para mejorar la flora intestinal y, con ello, las defensas naturales del organismo. Su consumo diario favorece la diaria evacuación intestinal, y reduce el riesgo de hemorroides y divertículos. Las fibras aumentan la viscosidad y el volumen de las heces, así como el peristaltismo, y ayudan a una correcta eliminación de toxinas y residuos.
El estreñimiento crónico, facilitado en los últimos meses por la presión ejercida por el bebé sobre la matriz, dificulta mucho la circulación y favorece la aparición de várices.
La fibra debe consumirse con cuidado cuando hay gastritis, úlcera, divertículos que causan dolor, hernia hiatal y cálculos vesiculares. En el caso de las personas que no acostumbran incluirlas en la dieta, es importante hacerlo de a poco para evitar inflamaciones innecesarias.


¨      Los antinutrientes
La acción perjudicial que ejerce el alcohol sobre el niño es un dato comprobado. Por lo tanto, su consumo deberá evitarse. Un vaso de vino ocasional no producirá daños al bebé; sin embargo, como no se ha determinado un nivel de ingesta sin riesgo, es más seguro no beber alcohol durante el embarazo.

El café, el té, el chocolate, las bebidas cola, el guaraná, contienen cafeína, la que actúa como estimulante nervioso. En el embarazo su acción en la sangre se hace más extensa; sabemos que fuera del embarazo el efecto dura ocho horas.
Cuando se abusa de la cafeína, se incrementa el riesgo de un parto prematuro o un bajo peso al nacer. Sin embargo, un consumo de una o dos tazas de café o té por día no dañarán al bebé.
Un buen sistema es reducirlo siempre: si se toman varias tazas por día, elegir una o dos pequeñas; si se toma menos, es más fácil reemplazarlo por otras bebidas más adecuadas.
El té también contiene cafeína, aunque su absorción es menor que la del café. El té verde contiene más antioxidantes y menor cantidad de cafeína.
Las bebidas cola, además de contener este estimulante, no aportan ningún valor nutricional; por el contrario, irritan las mucosas, disminuyen las defensas y aumentan el requerimiento mineral. Por lo que es mejor no optar por ellas, o elegir aquellas bebidas a base de limón.

La malta de cebada tiene una propiedad lactogénica. Esto significa que aumenta la producción de leche materna. Por lo tanto, es muy adecuada durante el embarazo y la lactancia.

El hábito de fumar incrementa el riesgo de tener un bebé con bajo peso, así como también el de un parto prematuro, un aborto espontáneo y otros problemas.
El cigarrillo disminuye la capacidad de transporte de oxígeno; además, produce vasoconstricción, lo cual dificulta el flujo de sangre y nutrientes por la placenta; todo esto significa que el bebé verá restringida su nutrición.
La vitamina B12 y el zinc tienden a estar en menores concentraciones en fumadores. Y sabemos que la vitamina C necesita ser aumentada cuando se fuma. Lo que es más importante, se ha hallado asociación entre bajos niveles de vitamina C en sangre y baja ingesta de esta vitamina, con una mayor frecuencia de bajo peso al nacer. Por lo tanto, se aconseja abandonar este hábito, tanto durante el embarazo como en la lactancia, y aumentar el consumo de vitamina C. Es un pequeño esfuerzo que dará grandes frutos: mejor salud para la mamá y para el niño.

Los edulcorantes deberán restringirse también; es mejor utilizar azúcar integral, o miel o fructosa, y evitar el consumo de productos que los contengan. Cuantos menos químicos ingresemos en el organismo, mejor calidad de nutrientes aportaremos a nuestro bebé.
Y, fundamentalmente, es bueno tener en cuenta la importancia de la nutrición, que si bien es esencial en todos los períodos de la vida, en el embarazo cobra mayor importancia porque debe cubrir las necesidades tanto de la madre como del niño. Por eso, no dude en consultar con su médico o buscar el consejo de un especialista en nutrición, que pueda aclarar sus inquietudes y guiarla en esta etapa. La recompensa será doble: la enorme satisfacción de ver a su bebé saludable y un estado de bienestar personal, para disfrutar de la maternidad plenamente.










La energía vital de nuestro cuerpo

La dimensión orgánica

La dimensión orgánica se relaciona con el centro bajo o Muladhara. Este centro se localiza alrededor del coxis, en la base de la columna, entre el ano y los genitales, y abarca la zona comprendida por la planta de los pies, la cara posterior de las piernas y los glúteos. Le corresponde el plexo pélvico, donde encontramos los órganos de la pelvis menor, el útero en la mujer, la próstata en el hombre, la vejiga y el recto.
Corresponde a aquellos aspectos de la persona ligados a la materialidad, a la tierra como fuente de la que se nutre, a la fuerza telúrica, a los aspectos más primitivos del ser humano, aquellos que surgen de la manera más salvaje y que lo conectan con su naturaleza animal.

Proporciona energía a los demás centros y les da la vitalidad, el vigor y la resistencia que necesitan para poder funcionar saludablemente. En este nivel se producen todos los fenómenos físico-químicos estudiados por la fisiología, que se encargan de mantenernos con vida. Se relaciona, fundamentalmente, con el sistema vegetativo, y es el responsable del buen funcionamiento de todos nuestros órganos vitales. 


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